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El suicidio en las situaciones de privación de libertad: 460 suicidios en España (2000- 2017)

Photo by Donald Tong from Pexels

El suicidio afecta a hombres y mujeres de todos los estamentos sociales, a ricos y a pobres, en todas las etapas de la vida, países y culturas. Sin embargo, las tasas de suicidio parece no distribuirse de forma homogénea en la población, afectando de forma más intensa a diferentes colectivos entre los que se encuentra el de las personas privadas de libertad.

Dentro de los centros penitenciario el estigma se convierte en norma. A la comisión de delitos socialmente reprobables, se une la enfermedad mental y las adicciones, las dificultades de integración en ambientes multiculturales, la frecuente falta de apoyo social, el aislamiento y la soledad y las duras condiciones de vida para conformar un caldo cultivo que unido a la falta de recursos de afrontamiento provoca una mayor necesidad de prevención de las conductas suicidas.

A nivel mundial, los países nórdicos son los que presentan mayores tasas de suicidio en población reclusa. A la cabeza estaría Noruega que presenta un riesgo 10 veces superior de suicidios en personas privadas de libertad que en la población general. En España la diferencia sería de 3,7 veces. En México, durante 2016 hubo 57 suicidios en este ámbito. 

 

En España, en 2017 había 58.814 personas privadas de libertad en centros penitenciarios, de los que el 92% era hombres. Desde 2000 hasta 2017, 460 personas han fallecido dentro de las prisiones por suicidio. 1 de cada cinco suicidios ha ocurrido en centros penitenciarios andaluces. La segunda comunidad autónoma con más muertes por suicidio es Castilla y León. 

 

Como en todos los casos de conducta suicida, las causas pueden ser múltiples. El Programa Marco de Prevención de suicidios de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias señala entre las causas la afectación psicológica de la detención, el encarcelamiento y el estrés de la vida cotidiana dentro de las prisiones en personas vulnerables y con menos habilidades de afrontamiento. Esto parece estar afectado a su vez por la naturaleza del delito cometido, por la aparición en medios de comunicación, la pérdida de relaciones familiares y sociales,  la existencia de enfermedad mental, el consumo de alcohol y drogas y el historial previo de conductas suicidas. Factores importantes en la incidencia podrían ser también la sobrepoblación de las instituciones y la ratio entre reclusos y personal penitenciario.

En este sentido, la OMS concluye que el suicidio en estos entornos es prevenible, por lo que recomienda la implementación de programas integrales de prevención del suicidio en los centros penitenciarios a nivel mundial. Pese a las dificultades para predecir los suicidios en personas privadas de libertad, los profesionales que desarrollan sus funciones en centros penitenciarios son personas clave para la identificación, evaluación y tratamiento de la conducta suicida.  

Dada que la finalidad de nuestra Administración Penitenciaria, definida en la Constitución Española y en la Ley Orgánica General Penitenciaria, se resume en la reeducación y reinserción social,  la retención custodia de detenidos, presos y penados y su asistencia y que el suicidio es una de las principales causas de mortalidad de nuestros centros la prevención de este tipo de situaciones se hace vital para el cumplimiento de sus objetivos.


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Acoso y suicidio: un binomio mortal

La conducta suicida es multicausal y compleja. Aducir razones para explicar su aparición explicitando una sola causa es simplista y dificulta el abordaje preventivo, porque son muchos los factores de riesgo los que influyen en la decisión de una persona que termina con su vida. 

Sin embargo, hay factores que tienen una importante influencia en la muerte autoinflingida y las autolesiones. Uno de ellos es el acoso en todas sus manifestaciones: sexual, escolar, laboral… 

Ya hablamos en una anterior entrada de la doble relación entre la violencia de género y la conducta suicida, Pero la relación con el acoso no se circunscribe al entorno doméstico exclusivamente. El entorno escolar y laboral puede convertirse para personas vulnerables en verdaderos infiernos que las empujan a tomar decisiones erróneas con graves consecuencias.

El bullying o acoso escolar está detrás de muchas conductas suicidas, lo que puede ser constatado en muchos estudios. La muerte por conductas autolíticas puede afectar tanto al agresor (relacionado con su impulsividad), como al agredido. La víctima de la conducta de acoso siente como su agresor aumenta su poder sobre ella y queda en el desamparo, sintiéndose culpable por lo que ocurre y esperando la próxima agresión. El círculo vicioso acaba trayendo consecuencias, siendo la más dramática el suicidio. Vivir con miedo es la peor de las vidas cuando no se es capaz de romper las dinámicas de grupo perniciosas.

Cuando este acoso se da en el entorno laboral, se utiliza el anglicismo de «mobbing». Esta variante del acoso tiene características similares al anterior, salvo que se desarrolla en el mundo adulto. Algunas prácticas propias de algunas organizaciones pueden fomentar este tipo de problemas. El acoso laboral destroza vidas. Empresas como France Telecom, acusada de prácticas de recursos humanos agresivas, afrontan complejos procesos judiciales por acusaciones de este tipo.

Pero el acoso no es sólo un problema de que existan agresores. Por desgracia, aunque es nuestra obligación conseguir un mundo lo más justo posible, vivir conlleva saber afrontar de forma adecuada las injusticias que nos puedan suceder. En consecuencia tenemos que aprender recursos para defendernos, para ser críticos con lo que nos ocurre o les ocurre a otros y evitar las actitudes sumisas que nos hacen daño. El agresor es responsable de su acción, evitarla es responsabilidad de todos. El suicidio nunca será una solución a un problema.

 

“Esperar que la vida te trate bien por ser una buena persona es como esperar que un tigre no te ataque porque tú eres vegetariano»

(Bruce LEE)

 

El acoso es un problema social y de los grupos humanos. El desarrollo de estas conductas necesita de cómplices a través del silencio. Si conoces algún caso de acoso o tienes alguna sospecha, nunca guardes silencio. Si eres víctima de acoso, busca ayuda. 

¡Por un mundo sin acoso, lucha!

 

Daniel J. López Vega es Psicólogo y colaborador de la plataforma de profesionales de prevención del suicidio papageno.es


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Suicidio en la violencia de género

El suicidio y la violencia de género son dos importantes causas de sufrimiento que en ocasiones aparecen asociadas indeleblemente. El estigma y el tabú que persiste alrededor de estos fenómenos mantiene este problema social latente y muchas veces oculto a la opinión pública. La relación entre ambos temas está esencialmente ligado a los valores de nuestra sociedad que sigue siendo predominantemente machista y que vive en la ambivalencia de una sociedad masculinizada y la lucha de los valores igualitarios según el sexo. La gravedad de los dos fenómenos hace que en muchos casos uno de los temas oculte el otro.

Esta dramática asociación entre ambos temas puede manifestarse de dos formas principales. Por un lado nos encontramos el homicidio-suicidio (H-S) también denominado muerte diádica o suicidio ampliado que se define como un acto violento en el cual el agresor tras acabar con la vida de la víctima, se da muerte. Ambos actos violentos están relacionados motivacionalmente, además de suceder en el mismo intervalo temporal.

 

La gravedad de este problema viene señalada porque si bien en el mundo existen más víctimas de muerte violenta entre varones, en el caso de las mujeres se estima que el 70% de estas muertes tiene sus causas dentro del ámbito doméstico (relaciones de pareja o familiares) o por violencia sexual. De la misma forma son las mujeres las principales víctimas del H-S.

 

La otra cara del suicidio en la violencia de género esconde el drama de muchas mujeres maltratadas que viven la violencia de forma trágica y que optan por acabar con sus vidas para terminar con su sufrimiento cuando no perciben otra salida para sus problemas. Este tipo de muertes podría ser evitado a través de un mejor abordaje de la violencia machista. Como en otro tantos temas, la EDUCACIÓN se hace vital en su atención. En muchos casos la violencia aparece desde las primeras relaciones en la adolescencia y ese es un momento perfecto para implementar las primeras intervenciones dirigidas a combatir los mitos de los agresores y enseñar habilidades sociales y herramientas de detección y protección a las jóvenes. El problema también tiene un cariz SANITARIO. En este sentido la atención primaria es un lugar idóneo para la detección precoz del maltrato. Cuando se detecta es adecuado investigar el riesgo de suicidio de la víctima. La ideación suicida y los intentos son habituales en muchas víctimas de violencia machista.

 

Una mujer que ha sufrido abusos en el marco de la violencia doméstica podría tener una probabilidad de suicidarse 12 veces mayor que quien no lo ha sufrido. La violencia psicológica puede estar detrás de la conducta suicida de muchas mujeres maltratadas.

 

Esta doble manifestación de conductas violentas requieren una mayor atención social que evite el estigma y las posturas moralizantes y que los atiendan como un problema de salud pública para evitar la muerte y sufrimiento de tantas personas cuya única causa es haber nacido mujer en un mundo regido por valores machistas.

Para solucionar un problema, lo primero es reconocer su existencia y en este caso, con fuerte componente social, la visibilidad se hace necesaria. Porque la violencia machista y el suicidio son prevenibles, ¡HAZLOS VISIBLES!

Si sufres maltrato o si eres testigo de maltrato ¡DENUNCIA!. Tu denuncia puede salvar vidas.

 


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Los ricos también lloran (pero menos)

La conducta suicida es un problema de salud pública complejo, multicausal, que se presenta en diversas manifestaciones y que afecta a todas las edades, a hombres y mujeres, independientemente de su orientación sexual, su nivel económico o del grupo sociocultural al que pertenece.

Sin embargo, la incidencia del suicidio es desigual en estos grupos y es una variable que debería tener importancia dentro de cualquier modelo que pretenda estudiar el suicidio como fenómeno social. Mientras hay variables que han sido ampliamente estudiadas como el género, existen otras que tienen relaciones más complejas con el suicidio y que debemos situar en el punto de mira. 

Uno de los aspectos que necesita de mayor investigación tiene que ver con el nivel sociocultural y económico. Porque,  ¿cómo afecta la pobreza, la deprivación económica, el desempleo y las crisis económicas a las tasas de suicidio de la población? ¿Afecta de forma desigual el suicidio dependiendo del nivel económico y sociocultural de las personas? ¿Existe más conducta suicida en aquellos grupos con menores niveles de alfabetización en salud? ¿Cómo afecta la exclusión social a la esperanza de vida o a los años de vidas potencialmente perdidos?

En un mundo tendente a la globalización de los procesos económicos y que potencia la concentración de los recursos de forma inequitativa en pequeños núcleos de la población, las bolsas de pobreza provocan grandes desigualdades de acceso a los servicios médicos y sociales, al empleo y a la vivienda. Las diferencias entre los diferentes grupos sociales parece estar aumentando la brecha de la desigualdad y eso afectará sin duda a los niveles de salud y habrá de ser tenido en cuenta en la elaboración de planes de prevención de la conducta suicida. El caso más extremo se sitúa entre las personas sin hogar.

 

Suicidio entre personas sin hogar

El riesgo de la aparición de conductas suicidas aumenta en caso de pobreza extrema o personas sin hogar, que unen a las dificultades para cubrir las necesidades más básicas, el estrés y el rechazo social que produce la falta de recursos.

En este sentido, Adela Cortina acuñó el concepto de aporofobia. Este neologismo define el miedo, rechazo o aversión a los pobres, una realidad que sin embargo define una situación que se ha dado en todos los tiempos. La importancia del término viene a explicar como muchas veces el racismo y la xenofobia tienen poco que ver con el hecho de ser extranjero o inmigrante sino que se relaciona con la falta de recursos y la pobreza de quien la sufre.

En un estudio de 2012 realizado en EEUU se estimó que el grupo de personas sin hogar tenía un riesgo 10 veces superior de morir por suicidio que la población general. La mitad de las personas que presentaban esta problemática tenía ideación suicida o lo habían intentado.

A otro nivel, descubrir el como afecta la pobreza o el desempleo sobre la conducta suicida, todavía requiere de mucha más investigación para poder tomar decisiones que prevengan la conducta suicida entre los colectivos con desigualdades socioeconómicas o en riesgo de exclusión social. Cualquier sociedad que se precie de serlo debe perseguir el desarrollo, pero este desarrollo no debe potenciar las desigualdades en la accesibilidad a los beneficios que proporcione. La clase política y la administración pública debe ser garante de esta lucha para la distribución equitativa de los recursos en función de las necesidades.

Sirva como fin de esta reflexión la cita de la revolucionaria Constitución Española de 1812, que en su artículo nº 13 definía con precisión lo que debía ser el principal deber de nuestros gobernantes:

 

“El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen»


PARA SABER MÁS

 

Daniel J. López Vega

Coordinador de www.papageno.es

Psicólogo General Sanitario. Máster en Intervención Psicológica en Contextos de Riesgo, autor de «¿Todo por la Patria?»

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