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Hablar del suicidio en primera persona

¿Hablar del suicidio? Sí, pero bien. 

Desde que en el año 2000 la Organización Mundial de la Salud publicara su informe sobre el impacto de los medios de comunicación al informar del suicidio y las recomendaciones de cómo informar correctamente sobre el suicidio en general o específico, se ha generado un debate continuo sobre los límites de la libertad de expresión, el interés periodístico y la responsabilidad de los medios en contribuir a la prevención del suicidio.

En líneas generales, y tal y como afirma la citada organización, existe evidencia suficiente para sugerir que algunas formas de tratamiento periodístico están relacionadas con un aumento estadísticamente significativo de suicidios, mientras que ciertos estilos de manejo de la información, útiles, exactos y apropiados, pueden ayudar a prevenir conductas suicidas. En este sentido, las recomendaciones del tratamiento de la información se basan en la interpretación cuidadosa de las estadísticas y el uso de fuentes fiables, evitar descripciones del método, las exageraciones y el trato sensacionalista, prescindir de explicaciones simplistas, y tener muy en cuenta el impacto sobre las familias u otras personas del entorno que se han visto afectadas por el fallecimiento.

 

Por todo ello es imprescindible la organización de acciones formativas a los profesionales de la comunicación por parte de profesionales de salud mental con amplios conocimientos y experiencia en conducta suicida, para que, de forma progresiva, se vayan construyendo nuevas formas de comunicar e informar sobre el suicidio.

 

En este contexto, se hace necesario reflexionar sobre los testimonios en primera persona, que han encontrado en los medios de comunicación una forma de compartir información y experiencias personales con un público amplio. Sin duda, la visibilización de las personas que han pasado directamente por la experiencia de la conducta suicida, está contribuyendo a la ruptura de estereotipos y tabúes, al aumento del movimiento asociativo y a generar nuevos espacios de cambio social. Por este motivo, parece lógico que esta exposición pública obligue, en cierta manera, a la necesidad de que estos testimonios conozcan y respeten las directrices antes mencionadas.

El problema surge cuando, de alguna manera, se entiende que someter los testimonios de primeras personas a recomendaciones institucionales pueden precisamente sesgar estas opiniones y estas vivencias. Como superviviente de suicidio, presidenta de AFASIB y psicóloga, me he encontrado con esta reflexión algunas veces contradictoria y confusa cuando desde la asociación hemos ofrecido nuestro testimonio sincero en entrevistas y reportajes.

Por un lado, es cierto que todas las personas tienen sus vivencias y su forma de describirlas, y por otro, el sentido de nuestra proyección pública va (o debería ir) más allá de nuestra propia historia, ya que nuestro objetivo es ayudar a otras personas que estén pasando por una situación muy similar, pero no la misma.

Así, la pregunta que debemos hacernos es precisamente esta: ¿Qué es lo que quiero transmitir al que me está escuchando, viendo o leyendo? ¿Qué sentido tiene para mí exponerme públicamente? Si la respuesta es ayudar a los demás, enviar un mensaje de solidaridad y empatía como “yo he estado allí, y el dolor se transforma, puedes encontrarle un sentido a lo que ha ocurrido, puedes integrarlo en tu vida, aunque duela”. Entonces tienes que plantearte tu responsabilidad como comunicador/a, encontrar la manera de expresarte sin perder de vista que el foco de atención no eres tú, sino la persona que te está escuchando, de qué manera tu experiencia puede ayudarle o reconfortarle. Se trata de encontrar un sentido a nuestra imagen pública y la de nuestro ser querido para que de esta exposición pública pueda surgir un cambio social, en nosotr@s y en l@s otr@s.

 

María Francisca Morell García

Psicóloga en intervención social de Cruz Roja Islas Baleares. Cursando el máster en psicología general sanitaria. Miembro del Grupo de Trabajo de Investigación, Prevención y Actuación en la Conducta Suicida del Colegio Oficial de Psicología de las Islas Baleares. Presidenta de AFASIB, familiares y amigos supervivientes por suicidio de las Islas Baleares.


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Adicciones, drogas y alcohol en la conducta suicida

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Las drogas institucionalizadas (alcohol y tabaco) y las ilegales (cannabis, opiáceos, cocaína o derivados, drogas de diseño…), así como todas las adicciones conductuales o sin sustancia (ludopatía, telefonía móvil, Internet y redes sociales, compra compulsiva, adicción al sexo…) tienen un punto en común: prometen un mundo idílico, un paraíso, donde es fácil afrontar los problemas que nos trae la vida.

En muchas ocasiones, sin embargo, en la fase de experimentación se suman la capacidad adictiva de la sustancia o conducta a sus efectos subjetivos tejiendo alrededor de la persona una red que acabará atrapándolo en una adicción. En esta fase las consecuencias negativas de la conducta aún parecen lejanas y la persona cree falsamente que ejerce control sobre su conducta. Dependiendo de las características de la adicción, de características personales y del entorno, la persona se verá envuelta en un escenario totalmente diferente. Cada vez dedicará más tiempo a actividades relacionadas con su problema, más recursos y más esfuerzo, en detrimento de actividades o personas significativas con las que antes disfrutaba.

En etapas posteriores aparecerán las consecuencias que determinarán un nuevo estilo de vida donde las consecuencias serán mayores que los beneficios percibidos. Entonces la conducta se mantendrá, entre otras razones, para evitar la abstinencia. La vida irá perdiendo sentido sin la presencia de la adicción que se adueñará del control de la vida y podrá llegar a tener graves consecuencias en la salud y en la calidad de vida.

 

En los casos más graves, la adicción se convierte en un factor de riesgo en la aparición de conductas suicidas. Adicciones, drogas y alcohol están presentes en muchos suicidios, ya sea en personas adictas o como desinhibidores para emitir la conducta.

 

En ese orden de cosas, el consumo agudo de alcohol es utilizado frecuentemente como desinhibidor (intentos de suicidio o suicidios «completados»), mientras que su abuso se asocia a la conducta suicida aumentando las tasas de suicidio a nivel poblacional. En esta relación influyen otras variables siendo superior en países del norte y del este de Europa que en los países mediterráneos. 

La relación entre el tabaquismo y la muerte por suicidio ha sido también constatada pero es mucho menos intuitiva. En primera instancia pudiera parecer que la relación no es directa, pero hay estudios que relacionan las leyes restrictivas de consumo con menores tasas de suicidio. Richard A. Grucza ha encontrado una relación mas allá del hecho que las personas con problemas psiquiátricos tienden a ser mayores fumadores. Su estudio determinó que un incremento de un dólar en los impuestos al tabaco se asoció con un descenso del 10% en las tasas de suicidio. Otras variables que podrían estar relacionadas son las prohibiciones de fumar en lugares cerrados. En los estados de EEUU donde se daban ambas medidas se registraban tasas inferiores en un 15% de la media nacional.

En el caso de las adicciones comportamentales o sin sustancia parece que la tendencia es parecida. Si hablamos de la ludopatía o juego patológico aumenta la probabilidad de aparición de ideación e intención suicida. Estas suelen aparecer asociadas a los sentimientos de arrepentimiento y pánico ante situaciones económicas problemáticas o de otra índole y el aislamiento o rechazo social propio de la fase de desesperación. Aproximadamente un 90% de los jugadores patológicos relatan ideación suicida y cerca del 20% refieren intentos de autolisis. Un jugador patológico corre seis veces más riesgo de fallecer por suicidio que la población general.

Por último, el consumo de drogas ilegales empeora aún más la situación. En el caso de la cocaína, muchos de sus consumidores acompañan su consumo del de alcohol lo que agrava los riesgos. Además, el síndrome de abstinencia de la cocaína, puede ir acompañado de depresión, ideas paranoica e incluso de pensamientos suicidas, lo que puede requerir apoyo profesional. 

En general, parece clara la relación de las conductas adictivas y el suicidio por lo que es recomendable considerarlas como un importante factores de riesgo. En consecuencias, los profesionales que atienden a personas con problemas adictivos deben contemplar la detección precoz de conductas suicidas de forma que puedan ser prevenidas. La formación de estos profesionales constituye una medida efectiva de prevención para reducir las tasas de suicidio en este colectivo.


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Cannabis y suicidio: mitos y realidades

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El cannabis o cáñamo conocido en botánica como “cannabis sativa” produce diversos derivados, entre los cuáles los más usados son el aceite, la marihuana y el hachís. Popularmente estos derivados han tomado múltiples nombres (grifa, hierba, maría, cogollo, chocolate, costo, goma, piedra, china…). La planta produce un principio, el THC (delta-9-tetrahidrocannabinol), que es responsable de los efectos que se le atribuyen. Sin embargo, contiene muchos más compuestos químicos capaces de alterar el funcionamiento de nuestras neuronas.

El consumo recreativo de esta sustancia o con otros fines se extiende a lo largo de siglos. En la actualidad es la droga ilegal de mayor consumo. No en vano, existen grupos de presión interesados en la difusión de falacias que potencien su venta. En ese sentido, no toda la información utilizada para su defensa es cierta, sino que se basa en falacias que buscan investir en un halo bondadoso a una sustancia que tiene importantes repercusiones para sus consumidores, en mayor grado cuando se trata de infantes o adolescentes. Estas mentiras se basan esencialmente en la asociación del consumo de esta sustancia con dos conceptos básicos: LIBERTAD y EFECTOS MEDICINALES. 

Bajo la primera premisa, el uso del cannabis se asocia a la libertad en un doble sentido. Primero haciendo apología de su consumo bajo el criterio de que el consumo de drogas es un derecho personal y que la decisión depende de cada uno. El cannabis, sin embargo, es una sustancia adictiva lo que está reñido con la libertad en cuanto que muchas personas que intentan dejarlo siguen haciéndolo empujados por las propiedades de la sustancia más que por su propio deseo. El consumo de sustancias adictivas y la libertad es un mito, puesto que en muchas ocasiones se inician en edades muy tempranas por motivos ajenos a decisiones conscientes y se mantienen a causa de la adicción o para evitar el síndrome de abstinencia. Por otro lado, se defiende el concepto de libertad para impulsar el proceso de legalización. Nada más lejos de la realidad. La nicotina y el tabaco como drogas legales son un buen ejemplo en este sentido. Una vez que se legaliza una droga, su comercialización sufre un control estatal que la diferencia de otros productos de consumo. La imagen supuestamente idílica no deja de ser otro engaño. En el caso del tabaco su legalización no evita el contrabando, los beneficios se concentran en grandes corporaciones y son sustancias sometidas a aranceles e impuestos.

La situación no mejora si tenemos en cuenta los efectos medicinales de la sustancia. Primero, su uso medicinal no justifica en ningún caso su uso recreativo. En segundo lugar nos encontramos la forma de administración. El uso del principio activo mediante píldoras o comprimidos no es comparable en ningún sentido, por ejemplo, con el consumo de hachís en cigarrillos, que suele ir acompañada de tabaco. Por lo tanto sean o no ciertos los beneficios para la salud (que en muchos casos no los son o se exageran), no pueden ser excusa para defender su uso recreativo puesto que la mayoría de las drogas adictivas que han constituido problemas de salud se utilizaron o se utilizan en medicina, aunque su consumo recreativo esté desaconsejado.

El cannabis, lejos de ser la sustancia milagrosa que se promete desde esas instancias, tiene efectos muy negativos para la salud. Por ejemplo, el consumo de cannabis puede desencadenar episodio de psicosis con ideas delirantes, paranoides, alucinaciones auditivas y visuales, ideas de persecución u otras. En el caso de las personas con esquizofrenia el consumo de cannabis provoca efectos negativos en diferentes dimensiones, con consecuencias agravantes para la enfermedad. También se asoció el consumo con el síndrome amotivacional, que cursa con apatía, falta de motivación y desinterés por la actividad laboral o los estudios y por el cuidado personal.

En cuanto a la relación entre cannabis y conducta suicida y pese a las dificultades metodológicas, parece que existe cierto consenso en que existe cierta relación, si no directamente, indirectamente a través del desarrollo de trastornos psicopatológicos  (psicóticos o afectivos) o contribuyendo al consumo de otras sustancias como el alcohol como factor de riesgo. 

Todo lo anterior indica que la defensa realizada del consumo de cannabis viene más motivada por fines económicos que de salud pública. Al margen del debate alrededor de la legalización de esta sustancia, la manipulación de la información provoca la pérdida de la sensación de riesgo ante su consumo. En consecuencia, esto puede repercutir en mayor consumo y la aparición de los efectos negativos relacionados, incluidos los relacionados indirectamente con la conducta suicida.


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La culpa del superviviente

Las consecuencias psicológicas de vivir situaciones traumáticas relacionadas con riesgo a nuestra vida o a la de otros, catástrofes o situaciones de emergencia o violencia extrema pueden llegar a ser devastadoras.

Al riesgo de muerte o consecuencias sobre la salud, se unen emociones complejas, y en casos más graves. puede favorecer la aparición de un Trastorno por Estrés Postraumático. Este tipo de trastorno tiene entre sus posibles causas lo que se ha denominado el síndrome o la culpa del superviviente provocado por los sentimientos generados por sobrevivir a un suceso donde murió alguna persona cercana.

La culpa puede ser frecuente y natural y debe ser identificada en personas vulnerables que no deben dudar en pedir ayuda cuando lo necesiten. Estos sentimientos pueden llevar a la aparición de ideación u otras conductas suicidas y son un factor de riesgo reconocido para el suicidio. En principio, no podemos definir las emociones como buenas o malas intrínsecamente, todas cumplen una función positiva. La culpa surge en situaciones donde percibimos que hemos cometido un error o falta o hemos perjudicado a otra persona. Para superarla reaccionamos con una mayor motivación a restituir el daño hecho con nuestras acciones. 

Sin embargo, hay ocasiones donde esta emoción es irracional. Podemos identificar esta irracionalidad cuando el hecho ocurrido no está provocado por una acción u omisión nuestra, sino cuando es efecto de la suerte u otras causas externas. Eso ocurre, por ejemplo, en los casos de atentados terroristas o asesinatos masivos o ante catástrofes naturales. Se han descrito ocasiones donde la culpa ha empujado a los supervivientes a acabar con su propia vida. Sean cuales sean sus consecuencias, también es una emoción muy relacionada con las personas que han vivido cerca la muerte por suicidio de una persona querida.

Muchas veces la irracionalidad viene dado por nuestra propia manera de ser. Según Ciara Molina, esto ocurre en personas con tendencia a vivir en tensión, con angustia y sentimientos de desvaloración hacia sí mismo, perfeccionistas, con miedo al rechazo o a equivocarse y con excesiva necesidad de aprobación de los demás.

Para manejar la culpa del superviviente es aconsejable fomentar la comunicación con personas representativas o contando lo ocurrido para compartirlo con otros, recordar continuamente que los hechos traumáticos no son responsabilidad nuestra, regresar a la rutina personal cotidiana lo antes posible y ponerse en disposición de ayudar a otros a través de nuestra experiencia.


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El suicidio en las situaciones de privación de libertad: 460 suicidios en España (2000- 2017)

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El suicidio afecta a hombres y mujeres de todos los estamentos sociales, a ricos y a pobres, en todas las etapas de la vida, países y culturas. Sin embargo, las tasas de suicidio parece no distribuirse de forma homogénea en la población, afectando de forma más intensa a diferentes colectivos entre los que se encuentra el de las personas privadas de libertad.

Dentro de los centros penitenciario el estigma se convierte en norma. A la comisión de delitos socialmente reprobables, se une la enfermedad mental y las adicciones, las dificultades de integración en ambientes multiculturales, la frecuente falta de apoyo social, el aislamiento y la soledad y las duras condiciones de vida para conformar un caldo cultivo que unido a la falta de recursos de afrontamiento provoca una mayor necesidad de prevención de las conductas suicidas.

A nivel mundial, los países nórdicos son los que presentan mayores tasas de suicidio en población reclusa. A la cabeza estaría Noruega que presenta un riesgo 10 veces superior de suicidios en personas privadas de libertad que en la población general. En España la diferencia sería de 3,7 veces. En México, durante 2016 hubo 57 suicidios en este ámbito. 

 

En España, en 2017 había 58.814 personas privadas de libertad en centros penitenciarios, de los que el 92% era hombres. Desde 2000 hasta 2017, 460 personas han fallecido dentro de las prisiones por suicidio. 1 de cada cinco suicidios ha ocurrido en centros penitenciarios andaluces. La segunda comunidad autónoma con más muertes por suicidio es Castilla y León. 

 

Como en todos los casos de conducta suicida, las causas pueden ser múltiples. El Programa Marco de Prevención de suicidios de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias señala entre las causas la afectación psicológica de la detención, el encarcelamiento y el estrés de la vida cotidiana dentro de las prisiones en personas vulnerables y con menos habilidades de afrontamiento. Esto parece estar afectado a su vez por la naturaleza del delito cometido, por la aparición en medios de comunicación, la pérdida de relaciones familiares y sociales,  la existencia de enfermedad mental, el consumo de alcohol y drogas y el historial previo de conductas suicidas. Factores importantes en la incidencia podrían ser también la sobrepoblación de las instituciones y la ratio entre reclusos y personal penitenciario.

En este sentido, la OMS concluye que el suicidio en estos entornos es prevenible, por lo que recomienda la implementación de programas integrales de prevención del suicidio en los centros penitenciarios a nivel mundial. Pese a las dificultades para predecir los suicidios en personas privadas de libertad, los profesionales que desarrollan sus funciones en centros penitenciarios son personas clave para la identificación, evaluación y tratamiento de la conducta suicida.  

Dada que la finalidad de nuestra Administración Penitenciaria, definida en la Constitución Española y en la Ley Orgánica General Penitenciaria, se resume en la reeducación y reinserción social,  la retención custodia de detenidos, presos y penados y su asistencia y que el suicidio es una de las principales causas de mortalidad de nuestros centros la prevención de este tipo de situaciones se hace vital para el cumplimiento de sus objetivos.


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Chrysallis, Asociación de Familias de Menores Transexuales, se adhiere a la iniciativa papageno.es

Chrysallis, Asociación de Familias de Menores Transexuales, nace en España en verano de 2013, con la finalidad de encontrar respuestas que no acababan por llegar, producto de la insuficiencia de la legislación y de la labor de la administración a la hora de afrontar las necesidades nacidas del sufrimiento evitable de los menores transexuales en nuestro país. Con idea de ocuparse de encontrar soluciones, nació Chrysallis, que fue adquiriendo conocimientos, estableciendo diálogos con personas transexuales adultas, generando sus propias herramientas, los protocolos de acompañamiento y actuación y estableciendo alianzas entre profesionales de todos los ámbitos y con otros colectivos o movimientos sociales. En resumen, dando visibilidad…

Chrysallis es una asociación viva y que ha ido creciendo de forma continua, dando lugar a la creación de las diferentes Asociaciones Territoriales que permiten trabajar teniendo en cuenta las particularidades propias de cada zona.

Papageno.es  es un colectivo de profesionales sin ánimo de lucro con la finalidad de prevenir la conducta suicida  que tiene especial sensibilidad con los colectivos vulnerables y las desigualdades sociales en salud. 

En el día de hoy, Chrysallis se adhiere a la iniciativa promovida por papageno.es y ambos colectivos se ponen en disposición de trabajar y aprender juntos para afrontar los retos y mejorar la atención del colectivo de menores transexuales. Porque la ignorancia es la peor de las enfermedades y la lucha por un mundo más justo, la mejor medicina.


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Prevención del Suicidio en la Guardia Civil. Propuesta de Intervención

Trabajo Fin de Grado

Autor:

Óscar Martínez Jiménez

Título:

Prevención del Suicidio en la Guardia Civil. Propuesta de Intervención

Universidad:

Grado de Psicología – UNED (Sede de Castellón)

Resumen:

Esta propuesta de intervención tiene como objetivo reducir el número de suicidios en la Guardia Civil. Este cuerpo policial, según determinadas fuentes, tiene una de las tasas más altas de suicidios comparada con el resto de profesiones de nuestro país. Sus miembros están expuestos a determinados factores de riesgo que pueden propiciar esta conducta autolítica. Mediante este trabajo se propone la implantación de un programa de prevención gracias al cual los Guardias Civiles podrán aprender a detectar y afrontar esos factores de riesgo, y trabajarán para desarrollar factores de protección, tales como la gestión de emociones, la asertividad y la conducta resiliente. Gracias a este programa, los Guardias Civiles podrán alcanzar, desarrollar y mantener una adecuada salud física y
mental tanto dentro como fuera del entorno laboral.

ACCEDER AL DOCUMENTO ORIGINAL POR CORTESÍA DEL AUTOR: Martínez Jiménez, Óscar

Suicidio en policía y fuerzas armadas (Intervención en Onda Cádiz)

 

El pasado viernes, Daniel J. López, asesor técnico del Servicio de Salud Pública de la DT de Salud y Familias en Cádiz, responsable del grupo de psicología y conducta suicida del Colegio Oficial de Psicólogos de Andalucía Occidental (COPAO) y colaborador de www.papageno.es, participó en el programa «El Mirador» de Onda Cádiz en la presentación de la Jornada sobre «Psicología y Salud Mental en Cuerpos Policiales y Fuerzas Armadas»  que se celebrará el próximo miércoles 26 de junio de 17:00 a 21:00 en la nueva delegación del COPAO en Cádiz.

 

Suicidio en la violencia de género

El suicidio y la violencia de género son dos importantes causas de sufrimiento que en ocasiones aparecen asociadas indeleblemente. El estigma y el tabú que persiste alrededor de estos fenómenos mantiene este problema social latente y muchas veces oculto a la opinión pública. La relación entre ambos temas está esencialmente ligado a los valores de nuestra sociedad que sigue siendo predominantemente machista y que vive en la ambivalencia de una sociedad masculinizada y la lucha de los valores igualitarios según el sexo. La gravedad de los dos fenómenos hace que en muchos casos uno de los temas oculte el otro.

Esta dramática asociación entre ambos temas puede manifestarse de dos formas principales. Por un lado nos encontramos el homicidio-suicidio (H-S) también denominado muerte diádica o suicidio ampliado que se define como un acto violento en el cual el agresor tras acabar con la vida de la víctima, se da muerte. Ambos actos violentos están relacionados motivacionalmente, además de suceder en el mismo intervalo temporal.

 

La gravedad de este problema viene señalada porque si bien en el mundo existen más víctimas de muerte violenta entre varones, en el caso de las mujeres se estima que el 70% de estas muertes tiene sus causas dentro del ámbito doméstico (relaciones de pareja o familiares) o por violencia sexual. De la misma forma son las mujeres las principales víctimas del H-S.

 

La otra cara del suicidio en la violencia de género esconde el drama de muchas mujeres maltratadas que viven la violencia de forma trágica y que optan por acabar con sus vidas para terminar con su sufrimiento cuando no perciben otra salida para sus problemas. Este tipo de muertes podría ser evitado a través de un mejor abordaje de la violencia machista. Como en otro tantos temas, la EDUCACIÓN se hace vital en su atención. En muchos casos la violencia aparece desde las primeras relaciones en la adolescencia y ese es un momento perfecto para implementar las primeras intervenciones dirigidas a combatir los mitos de los agresores y enseñar habilidades sociales y herramientas de detección y protección a las jóvenes. El problema también tiene un cariz SANITARIO. En este sentido la atención primaria es un lugar idóneo para la detección precoz del maltrato. Cuando se detecta es adecuado investigar el riesgo de suicidio de la víctima. La ideación suicida y los intentos son habituales en muchas víctimas de violencia machista.

 

Una mujer que ha sufrido abusos en el marco de la violencia doméstica podría tener una probabilidad de suicidarse 12 veces mayor que quien no lo ha sufrido. La violencia psicológica puede estar detrás de la conducta suicida de muchas mujeres maltratadas.

 

Esta doble manifestación de conductas violentas requieren una mayor atención social que evite el estigma y las posturas moralizantes y que los atiendan como un problema de salud pública para evitar la muerte y sufrimiento de tantas personas cuya única causa es haber nacido mujer en un mundo regido por valores machistas.

Para solucionar un problema, lo primero es reconocer su existencia y en este caso, con fuerte componente social, la visibilidad se hace necesaria. Porque la violencia machista y el suicidio son prevenibles, ¡HAZLOS VISIBLES!

Si sufres maltrato o si eres testigo de maltrato ¡DENUNCIA!. Tu denuncia puede salvar vidas.

 


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Los ricos también lloran (pero menos)

La conducta suicida es un problema de salud pública complejo, multicausal, que se presenta en diversas manifestaciones y que afecta a todas las edades, a hombres y mujeres, independientemente de su orientación sexual, su nivel económico o del grupo sociocultural al que pertenece.

Sin embargo, la incidencia del suicidio es desigual en estos grupos y es una variable que debería tener importancia dentro de cualquier modelo que pretenda estudiar el suicidio como fenómeno social. Mientras hay variables que han sido ampliamente estudiadas como el género, existen otras que tienen relaciones más complejas con el suicidio y que debemos situar en el punto de mira. 

Uno de los aspectos que necesita de mayor investigación tiene que ver con el nivel sociocultural y económico. Porque,  ¿cómo afecta la pobreza, la deprivación económica, el desempleo y las crisis económicas a las tasas de suicidio de la población? ¿Afecta de forma desigual el suicidio dependiendo del nivel económico y sociocultural de las personas? ¿Existe más conducta suicida en aquellos grupos con menores niveles de alfabetización en salud? ¿Cómo afecta la exclusión social a la esperanza de vida o a los años de vidas potencialmente perdidos?

En un mundo tendente a la globalización de los procesos económicos y que potencia la concentración de los recursos de forma inequitativa en pequeños núcleos de la población, las bolsas de pobreza provocan grandes desigualdades de acceso a los servicios médicos y sociales, al empleo y a la vivienda. Las diferencias entre los diferentes grupos sociales parece estar aumentando la brecha de la desigualdad y eso afectará sin duda a los niveles de salud y habrá de ser tenido en cuenta en la elaboración de planes de prevención de la conducta suicida. El caso más extremo se sitúa entre las personas sin hogar.

 

Suicidio entre personas sin hogar

El riesgo de la aparición de conductas suicidas aumenta en caso de pobreza extrema o personas sin hogar, que unen a las dificultades para cubrir las necesidades más básicas, el estrés y el rechazo social que produce la falta de recursos.

En este sentido, Adela Cortina acuñó el concepto de aporofobia. Este neologismo define el miedo, rechazo o aversión a los pobres, una realidad que sin embargo define una situación que se ha dado en todos los tiempos. La importancia del término viene a explicar como muchas veces el racismo y la xenofobia tienen poco que ver con el hecho de ser extranjero o inmigrante sino que se relaciona con la falta de recursos y la pobreza de quien la sufre.

En un estudio de 2012 realizado en EEUU se estimó que el grupo de personas sin hogar tenía un riesgo 10 veces superior de morir por suicidio que la población general. La mitad de las personas que presentaban esta problemática tenía ideación suicida o lo habían intentado.

A otro nivel, descubrir el como afecta la pobreza o el desempleo sobre la conducta suicida, todavía requiere de mucha más investigación para poder tomar decisiones que prevengan la conducta suicida entre los colectivos con desigualdades socioeconómicas o en riesgo de exclusión social. Cualquier sociedad que se precie de serlo debe perseguir el desarrollo, pero este desarrollo no debe potenciar las desigualdades en la accesibilidad a los beneficios que proporcione. La clase política y la administración pública debe ser garante de esta lucha para la distribución equitativa de los recursos en función de las necesidades.

Sirva como fin de esta reflexión la cita de la revolucionaria Constitución Española de 1812, que en su artículo nº 13 definía con precisión lo que debía ser el principal deber de nuestros gobernantes:

 

“El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen»


PARA SABER MÁS

 

Daniel J. López Vega

Coordinador de www.papageno.es

Psicólogo General Sanitario. Máster en Intervención Psicológica en Contextos de Riesgo, autor de «¿Todo por la Patria?»

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