La generación de cristal: competitividad, baja tolerancia a la frustración y suicidio


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Durante años los padres y madres hemos pensado que el éxito en la vida, y en resumidas cuentas la felicidad de nuestros hijos e hijas, se relacionaba con las habilidades intelectuales clásicas y con los resultados académicos. Los hemos preparado para «competir» en una sociedad que nos pareció amenazante y pensando que lo importante era ser «el mejor».  Y ahí andamos dándonos codazos entre todos (acercándonos peligrosamente a nuestra extinción como especie) y dando la espalda a la mayor herramienta para afrontar los retos: la colaboración.

Igualmente hemos intentado simplificar su vida, sobreprotegiéndolos y evitando que se enfrenten a la mínima dificultad, lo que ha evitado que se responsabilicen en muchas ocasiones de las consecuencias de su conducta y los ha convertido en muchos casos en seres frágiles. 

 

Como decía Rudyard Kipling «Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia». 

 

Ahora tenemos a la generación más preparada académica  e intelectualmente de la historia, pero a su vez una «generación de cristal» azotada por la depresión y la ansiedad. Y es que quizás olvidamos que lo que nos diferencia de los animales no es sólo la razón, sino la riqueza emocional que nos aporta las habilidades superiores de pensamiento. Por que los seres humanos somos puras emociones y porque parece que la manera en la que gestionamos nuestras emociones y nuestra inteligencia emocional es más importante de lo que pensábamos. 

Goleman definió esta inteligencia como “un concepto que incluye la habilidad para motivarse y persistir frente a las frustraciones, controlar impulsos y demorar gratificaciones, regular los estados de humor, evitar que las desgracias obstaculicen la habilidad de pensar, desarrollar empatía, esperanza, etc.”

Quitándole los obstáculos de la vida a las generaciones más jóvenes, le robamos la oportunidad de adquirir la tolerancia a la frustración, una habilidad esencial para afrontar con éxito las «bofetadas» que da la vida. Aprender a tolerar la frustración nos enseña a enfrentarnos adecuadamente a las situaciones adversas de la vida. Nos frustramos cuando no conseguimos satisfacer algo que deseamos y eso nos enfrenta a emociones que vivimos de forma negativa. Aprender a tolerarlas significa una mayor capacidad de afrontar los problemas y limitaciones, a pesar de las molestias que nos causan. 

La baja tolerancia a la frustración se relaciona con enormes consecuencias a la salud psíquica de las personas. En su extremo más dramático puede estar detrás de la conducta suicida de los más jóvenes. El suicidio es en muchos casos la decisión que alguien toma cuando siente que los problemas desbordan a su capacidades. No podemos seguir criando «niños y niñas de cristal», sino que debemos educarlos de forma libre y responsable.

Por todo ello, hagamos un regalo a nuestros menores, adolescentes y jóvenes. Acompañémoslos en los problemas, permitiendo que se equivoquen, que asuman las consecuencias de su actos y que usen sus propios recursos para encontrar la mejor versión de ellos mismos. Porque parafraseando a Nelson Mandela, lo importante no es «no caer» sino levantarse después de cada caída.

 


 
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Detección de la conducta suicida: factores de riesgo

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La importancia de la detección de las conductas suicidas puede salvar vidas. Algunas personas visitan previamente los centros de atención primaria antes de suicidarse. Sin embargo, otras no tienen un contacto previo con los servicios de salud mental.

Esto hace necesario que profesionales de otros ámbitos aprendan a reconocer los factores de riesgo del suicidio para valorar la gravedad, poder tomar decisiones y ponerse en disposición de ayuda.

El riesgo señala la probabilidad de que un hecho particular ocurra y tienen naturaleza dinámica según la persona y el momento que esté viviendo. Generalmente el riesgo se valora como «alto» o «bajo» que suponen los dos polos de la dimensión a evaluar. Una vez avaluado el profesional podrá tomar las decisiones pertinentes para afrontar la situación de forma conveniente.

En la siguiente tabla podemos observar cuáles son algunos de los factores de riesgo asociados a la conducta suicida.


Factores de riesgo para el suicidio

  • Soledad (aislamiento social)
  • Ser hombre
  • Abuso de alcohol o drogas
  • Otros trastornos mentales, particularmente la depresión
  • Episodios autolesivos anteriores, sobre todo si son ocultados
  • Historia de tratamiento psiquiátrico
  • Historia familiar de trastornos psiquiátricos
  • Desesperanza
  • Gravedad del intento suicida:
    • Elección de métodos letales
    • Acceso a métodos
    • Planificación suicida
  • Bajo nivel social
  • Desempleo
  • Trastornos de personalidad (más grave si existe comorbilidad con otros trastornos psiquiátricos)
  • Problemas físicos especialmente en varones de la tercera edad (trastornos cardiovasculares y úlcera péptica)
  • Eventos vitales:
    • Duelo o pérdida (últimos dos años)
    • Problemas económicos
    • Problemas legales
    • Abusos sexuales, físicos o psicológicos
    • Problemas de relación
    • Pérdidas de padre o madre durante la infancia por separación o muerte
    • Exposición a conductas suicidas
 

FUENTE

APA (American Psychological Assoc.) Duffy, D., & Ryan, T. (2004). New Approaches to Preventing Suicide : A Manual for Practitioners. London: Jessica Kingsley Publishers.

 

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