Pandemia por COVID-19, pensamiento apocalíptico y suicidio

Esperanza COVID-19
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Me confieso

Me confieso. Me propuse no escribir nada sobre el coronavirus. Lo conseguí durante todo este tiempo, pero hoy no me he podido resistir. Incluso llegué a eliminar borradores que nunca verán la luz. Hoy lo hago con la excusa de hablar de las consecuencias psicológicas y emocionales de la crisis, pero con el objetivo de compartir algunas reflexiones. Todas tienen el punto en común de abordar la crisis del COVID-19 desde el punto vista psicológico.

Hace algo más de un mes el panorama que ahora se presenta ante nosotros hubiera formado parte de una película mala de serie b. Una película, de esas distópicas, que nos presentan un mundo apocalíptico ahondando en nuestros miedos más ancestrales.

Ahora esa película de serie b se ha convertido en nuestra cotidianidad. Y en esta nueva realidad que estamos viviendo nos sobreponen las imágenes más dramáticas. Desde el Palacio de Hielo de Madrid que se convirtió en un improvisado almacén para poder albergar los cuerpos de los fallecidos por COVID-19 o las tremendas imágenes de nuestras residencias de ancianos hasta las colas de vehículos en algunas ciudades para desplazarse a sus segundas viviendas de ¿vacaciones?. Las dos caras más extremas de la crisis que transformará nuestro mundo irremediablemente.

 

Comunicación en tiempos de pandemia

A nadie se le escapa ya la gravedad del momento histórico que estamos viviendo. A la crisis sanitaria provocada por el COVID-19 que está teniendo como consecuencia importantes pérdidas humanas se une la crisis económica fruto del confinamiento y la parada obligatoria de gran parte del entramado empresarial. Malos tiempos que cursan con miedo, dolor, ansiedad y preocupación por el futuro.

El mundo se enfrenta a un momento importante de su historia. Estamos viviendo cambios que seguramente cambien nuestra forma de ver y sentir la vida y nuestros hábitos. La pandemia viene en un momento de crisis de un modelo económico que se basa en la desigualdad de la riqueza y los recursos, en un modelo productivo insostenible basado en el crecimiento continuo, un modelo energético poco amable con la naturaleza y un estilo de vida que resuelve los conflictos y problemas desde la competitividad y no desde la colaboración. En este caldo de cultivo, cuesta trabajo vislumbrar una salida a esta crisis, no tanto porque no la haya, sino por estar inmersos y a veces bloqueados por la carga emocional y el estrés que está produciendo en gran parte de la población.

 

Y esto se ve reforzado por la aparición de visionarios, agoreros, nuevos especialistas y expertos, epidemiólogos de fin de semana y políticos a media jornada. Todos parecen en una alocada carrera en la búsqueda de notoriedad, sin perder la oportunidad de vaticinar los peores horrores incrementando el miedo. Un miedo que a veces se aleja del problema real y que se convierte en el vaticinio de la llegada del apocalipsis y en una maquiavélica forma de controlar nuestra conducta. 

 

Por otro lado, pocos se atreven a hablar de soluciones concretas y muchos se limitan a reforzar los malos datos con titulares grandilocuentes, cuando no es una crítica destructiva a todo intento de solución. «Actuamos demasiado tarde», «las medidas son demasiado pocas»,  o «las medidas son demasiado exageradas» son frases utilizadas de forma indistinta para expresar malestar por lo que está ocurriendo y que forman parte de la queja por la queja.

 

El lenguaje bélico

En ese sentido nos encontramos con la metáfora bélica. No nos es ajena la utilidad que en estos momentos pueda tener apelar al sentimiento patriótico para mantener la disciplina ciudadana y el sentimiento de unidad que pueda ser útil para afrontar estos duros momentos, pero esto no es una guerra. Esto es una crisis de salud pública y no un enfrentamiento armado y creo que hay que usar el lenguaje adecuado. Una crisis sanitaria requiere de medidas sanitarias.

El componente ideológico de la metáfora bélica tiene claros inconvenientes, porque permite tomar medidas de restricción de libertades apelando al enemigo común que corren el riesgo de mantenerse una vez acabada la crisis. El cierre de fronteras, la restricción de libertad de movimientos, el confinamiento y otras medidas como el distanciamiento social son justificables ante la previsión de una pandemia, pero en absoluto como medidas preventivas para evitarlo. Fomentan la xenofobia y la desconfianza y no tienen nada que ver con la realidad preventiva.

 

No alimentemos la desesperanza: un canto a la esperanza

Ahora es necesario centrarnos en las soluciones más que en los problemas. Sin duda, saldremos de esta. El cómo, sin embargo, está por escribir. Pensar en los problemas de forma reiterada nos consume las energías. Resérvalas para centrarte en qué puedes hacer para mejorar la situación que estás viviendo. Tienes muchos recursos personales por explotar y si buscas lo suficiente no estarás solo para conseguirlo.

No alimentes la desesperanza. La situación ya es suficientemente dura, como para crear un clima aún más negativo. Una de las emociones que más se repiten en las personas con conductas suicidas es la desesperanza. Aléjate de ella, es producto de tu mente. Hay cosas en la vida que no tienen una solución ideal, pero siempre podrás elegir como deseas vivirla. 

 

“No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede”

EPICTETO

 

Las crisis sacan lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Todos tenemos una oportunidad pero es una oportunidad que no podemos dejar pasar. Es más fácil de lo que crees o más difícil, lo que tu desees.

 

Efectos psicológicos de la pandemia y el confinamiento

Los efectos psicológicos de la pandemia y el consiguiente confinamiento aún están también por escribir. Como siempre, este tipo de situaciones afectará notablemente más a las personas y grupos más vulnerables. En ese sentido, cabe esperar poco efecto a largo plazo en la mayor parte de la población. Sin embargo, aquellas personas que han perdido personas cercanas, que han sufrido un confinamiento más duro, que sean afectados más gravemente por las consecuencias económicas negativas o que sufren trastornos psicológicos previos serán con mayor probabilidad víctimas de secuelas psicológicas posteriores.

Durante todo este tiempo he pasado de la incredulidad, al miedo y al dolor por ver a tantas familias sufriendo por la muerte de sus familiares. Y es que esta muerte no es normal. El coronavirus nos robará muchas cosas, muchas de esas superfluas, pero nunca tan dura como el derecho a enterrar a nuestros muertos y despedirnos de ellos de forma adecuada.

Una de las situaciones más graves que podemos vivir durante la pandemia  son las pérdidas de personas cercanas. Si has perdido a una persona querida o varias durante la pandemia, si la vida te ha robado la posibilidad de despedirte adecuadamente de ellas,  tu duelo puede ser más duro. Sin embargo, podrás aprender a afrontarlo adecuadamente y rehacer tu vida integrando los cambios que las pérdidas supongan en tu vida. 

 

«Murió solo, no pudimos despedirnos cuando estaba en su partido más difícil, ni velarlo… ni nada”.

Fernando Sanz, hijo de Lorenzo Sanz, expresidente del Real Madrid fallecido por COVID-19

Fuente: La Vanguardia

 

Otras situaciones relacionadas, como el distanciamiento social y la restricción de la libertad individual, también repercuten a corto plazo en nuestro estado de ánimo pero no necesariamente revertirán en consecuencias a largo plazo. Todos y todas tendremos que aprender a volver a la normalidad y encontrar el equilibrio entre la prevención por el contagio y la necesidad humana del contacto físico. No permitamos que el miedo se convierte en un instrumento para aumentar nuestra soledad. Cuando todo esto pase, recuperemos juntos el derecho a ser libre, pese a que seguro que habrá gente que deseará utilizar lo que ocurrió para sacar rédito político e imponer su contenido ideológico. 

 

Prevención del suicidio en el período post-epidemia

El suicidio es un problema complejo y multicausal de carácter prevenible. En las últimas semanas tanto en España como en los países latinoamericanos han aparecido noticias de personas con conductas suicidas que los medios han relacionado directamente con el COVID-19.

Atribuir los suicidios a una sola causa es poco preventivo y desacertado. Cada persona que emite una conducta suicida presenta un conjunto de causalidades que solo puede entenderse en su conjunto. El COVID-19 puede ser un precipitante, pero las causas son mucho más complejas. 

Durante esta etapa, quizás deberíamos plantearnos extremar la responsabilidad a la hora de comunicar conductas suicidas a través de medios de comunicación y redes sociales. Las indicaciones de la OMS y otros organismos son bastante claras en este sentido. Tan claras como poco seguidas en muchos casos…

Recuerda que no estás solo. Tanto si tienes ideas suicidas como si pierdes a un familiar por suicidio si busca, encontrarás a personas dispuestas a acompañarte en los momentos más duros. No temas pedir ayuda y permite que los demás decidan si desean o no acompañarte. Nunca te rindas, sigue buscando y las encontrarás.

niños héroes

De héroes y villanos

Acabo este artículo con otra reflexión que tiene que ver con la necesidad humana de señalar a los malos y a los buenos. Los momentos más traumáticos sacan de los seres humanos su peor y su mejor cara. Por desgracia en esta película no hay héroes ni villanos. Solo hay personas, personas que como el personal sanitario, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, el de limpieza, el del transporte, el de supermercados y tiendas de alimentación, gasolineras, periodistas e incluso políticos (algunos de ellos) y otros cientos de profesiones…. que estuvieron ahí cuando tuvieron que estar.

También están Los niños y niñas y todas las personas que más han sufrido el confinamiento, nuestros mayores en quién más se ha cebado la enfermedad, aquellas personas anónimas que hicieron de esta etapa algo menos duro, que salieron todos los días a aplaudir u que de alguna u otra manera han hecho de la desgracia una oportunidad para cambiar.

Huyamos de los papeles que nos hacen héroes, seamos simplemente la mejor versión de nosotros mismos. Sobre todo en la etapa que nos queda por vivir. Ahora, más que nunca nos necesitamos.

Si necesitas ayuda puedes contactar con estas asociaciones españolas o con estas en latinoamérica

La desesperanza y el sentido de la vida

Hay veces que la vida nos enseña su peor cara. Es entonces  cuando todo pierde sentido y nos parece que no seremos capaces de afrontar lo que nos ocurre. Para hacer frente a nuestro problemas es útil que tengamos en cuenta además de la situación vivida, los factores psicológicos que nos influyen y que nos paralizan.

Dos factores que pueden influirnos negativamente son la desesperanza y la indefensión aprendida. La desesperanza revierte en sentimientos displacenteros sobre uno mismo y sobre los demás y el futuro (Beck). Tiñe de negro nuestros pensamientos y puede empujarnos a la depresión o al suicidio. Se caracteriza por una visión pesimista, de queja continua y de culpabilidad que puede ser proyectada en los demás.

En el caso de la indefensión aprendida nos referimos a la creencia de una persona sobre el bajo o nulo control sobre su vida y las consecuencias de sus actos. En esos casos la persona adopta una conducta de pasividad que provoca que las circunstancias no cambien (profecía autocumplida). La persona pierde la motivación a actuar por la idea equivocada de que lo que le ocurre no es producto de lo que hace, sino del destino, de otras personas o de otras razones inevitables. Por ejemplo, una persona que se ha quedado sin empleo y que tiene varias experiencias negativas cuando está intentando encontrar uno nuevo, puede llegar a pensar que no tiene sentido seguir haciéndolo porque no depende de él. Al dejar de buscar empleo, no entrará de nuevo en el mercado de trabajo lo que reforzará su idea de que haga lo que haga no conseguirá nada. Sin embargo, es su pasividad la que de forma indirecta afecta negativamente a su «mala suerte».

En el lado contrario hay factores que pueden ayudarte a mantener tu salud mental y que si bien no te aseguran una felicidad completa si son el camino que te llevará a un mayor equilibrio personal. Uno de ellos es el sentido de la vida. Victor Frankl definió este concepto como la necesidad de los seres humanos de encontrar un motivo, un propósito de sus vidas, para asumir la responsabilidad sobre uno mismo y sus experiencias. Si tienes un sentido serás más capaz de afrontar las situaciones desagradables de tu vida. Un concepto parecido fue definido por Antonovsky con el nombre de sentido de coherencia. Con ello se refiere a una orientación global del individuo expresada por la percepción sobre sus recursos de afrontamiento (controlabilidad), la capacidad de ver las crisis como retos desde una orientación positiva, (significatividad), y la comprensión coherente y claro del entorno o (comprensión). Tanto el sentido de la vida, como el sentido de coherencia han intentado explicar por qué las personas en situaciones límite, consiguen un nivel de salud mental y bienestar psicológico adecuado. 

 

Quien tiene un «por qué» podrá hacer frente a todos los «cómo»

Nietszche citado por Victor Frankl

 

Estudios empíricos han relacionado sentido de la vida y desesperanza. En concreto, se señala que cuando existe un sentido de la vida claro existe un nivel de desesperanza mínimo, al contrario cuando aparecen vacíos existenciales. Estas relaciones presentaron diferencias estadísticamente significativas. 

 
CONSEJOS PARA COMBATIR LA DESESPERANZA

Analizar racionalmente la situación. 

Pensar de forma positiva y desarrollar la autoeficacia. 

Evitar el aislamiento y buscar la relación honesta con otras personas.

Listar objetivos simples y alcanzables. Premiar los logros

Ser constantes. 

Evitar la victimización.

No idealizar al resto de personas.

No esperar soluciones milagrosas ni rápidas.

Realizar autocrítica constructiva.

Buscar soluciones creativas. 


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