Categoría en Factores de riesgo

Cannabis y suicidio: mitos y realidades

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El cannabis o cáñamo conocido en botánica como “cannabis sativa” produce diversos derivados, entre los cuáles los más usados son el aceite, la marihuana y el hachís. Popularmente estos derivados han tomado múltiples nombres (grifa, hierba, maría, cogollo, chocolate, costo, goma, piedra, china…). La planta produce un principio, el THC (delta-9-tetrahidrocannabinol), que es responsable de los efectos que se le atribuyen. Sin embargo, contiene muchos más compuestos químicos capaces de alterar el funcionamiento de nuestras neuronas.

El consumo recreativo de esta sustancia o con otros fines se extiende a lo largo de siglos. En la actualidad es la droga ilegal de mayor consumo. No en vano, existen grupos de presión interesados en la difusión de falacias que potencien su venta. En ese sentido, no toda la información utilizada para su defensa es cierta, sino que se basa en falacias que buscan investir en un halo bondadoso a una sustancia que tiene importantes repercusiones para sus consumidores, en mayor grado cuando se trata de infantes o adolescentes. Estas mentiras se basan esencialmente en la asociación del consumo de esta sustancia con dos conceptos básicos: LIBERTAD y EFECTOS MEDICINALES. 

Bajo la primera premisa, el uso del cannabis se asocia a la libertad en un doble sentido. Primero haciendo apología de su consumo bajo el criterio de que el consumo de drogas es un derecho personal y que la decisión depende de cada uno. El cannabis, sin embargo, es una sustancia adictiva lo que está reñido con la libertad en cuanto que muchas personas que intentan dejarlo siguen haciéndolo empujados por las propiedades de la sustancia más que por su propio deseo. El consumo de sustancias adictivas y la libertad es un mito, puesto que en muchas ocasiones se inician en edades muy tempranas por motivos ajenos a decisiones conscientes y se mantienen a causa de la adicción o para evitar el síndrome de abstinencia. Por otro lado, se defiende el concepto de libertad para impulsar el proceso de legalización. Nada más lejos de la realidad. La nicotina y el tabaco como drogas legales son un buen ejemplo en este sentido. Una vez que se legaliza una droga, su comercialización sufre un control estatal que la diferencia de otros productos de consumo. La imagen supuestamente idílica no deja de ser otro engaño. En el caso del tabaco su legalización no evita el contrabando, los beneficios se concentran en grandes corporaciones y son sustancias sometidas a aranceles e impuestos.

La situación no mejora si tenemos en cuenta los efectos medicinales de la sustancia. Primero, su uso medicinal no justifica en ningún caso su uso recreativo. En segundo lugar nos encontramos la forma de administración. El uso del principio activo mediante píldoras o comprimidos no es comparable en ningún sentido, por ejemplo, con el consumo de hachís en cigarrillos, que suele ir acompañada de tabaco. Por lo tanto sean o no ciertos los beneficios para la salud (que en muchos casos no los son o se exageran), no pueden ser excusa para defender su uso recreativo puesto que la mayoría de las drogas adictivas que han constituido problemas de salud se utilizaron o se utilizan en medicina, aunque su consumo recreativo esté desaconsejado.

El cannabis, lejos de ser la sustancia milagrosa que se promete desde esas instancias, tiene efectos muy negativos para la salud. Por ejemplo, el consumo de cannabis puede desencadenar episodio de psicosis con ideas delirantes, paranoides, alucinaciones auditivas y visuales, ideas de persecución u otras. En el caso de las personas con esquizofrenia el consumo de cannabis provoca efectos negativos en diferentes dimensiones, con consecuencias agravantes para la enfermedad. También se asoció el consumo con el síndrome amotivacional, que cursa con apatía, falta de motivación y desinterés por la actividad laboral o los estudios y por el cuidado personal.

En cuanto a la relación entre cannabis y conducta suicida y pese a las dificultades metodológicas, parece que existe cierto consenso en que existe cierta relación, si no directamente, indirectamente a través del desarrollo de trastornos psicopatológicos  (psicóticos o afectivos) o contribuyendo al consumo de otras sustancias como el alcohol como factor de riesgo. 

Todo lo anterior indica que la defensa realizada del consumo de cannabis viene más motivada por fines económicos que de salud pública. Al margen del debate alrededor de la legalización de esta sustancia, la manipulación de la información provoca la pérdida de la sensación de riesgo ante su consumo. En consecuencia, esto puede repercutir en mayor consumo y la aparición de los efectos negativos relacionados, incluidos los relacionados indirectamente con la conducta suicida.


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La culpa del superviviente

Las consecuencias psicológicas de vivir situaciones traumáticas relacionadas con riesgo a nuestra vida o a la de otros, catástrofes o situaciones de emergencia o violencia extrema pueden llegar a ser devastadoras.

Al riesgo de muerte o consecuencias sobre la salud, se unen emociones complejas, y en casos más graves. puede favorecer la aparición de un Trastorno por Estrés Postraumático. Este tipo de trastorno tiene entre sus posibles causas lo que se ha denominado el síndrome o la culpa del superviviente provocado por los sentimientos generados por sobrevivir a un suceso donde murió alguna persona cercana.

La culpa puede ser frecuente y natural y debe ser identificada en personas vulnerables que no deben dudar en pedir ayuda cuando lo necesiten. Estos sentimientos pueden llevar a la aparición de ideación u otras conductas suicidas y son un factor de riesgo reconocido para el suicidio. En principio, no podemos definir las emociones como buenas o malas intrínsecamente, todas cumplen una función positiva. La culpa surge en situaciones donde percibimos que hemos cometido un error o falta o hemos perjudicado a otra persona. Para superarla reaccionamos con una mayor motivación a restituir el daño hecho con nuestras acciones. 

Sin embargo, hay ocasiones donde esta emoción es irracional. Podemos identificar esta irracionalidad cuando el hecho ocurrido no está provocado por una acción u omisión nuestra, sino cuando es efecto de la suerte u otras causas externas. Eso ocurre, por ejemplo, en los casos de atentados terroristas o asesinatos masivos o ante catástrofes naturales. Se han descrito ocasiones donde la culpa ha empujado a los supervivientes a acabar con su propia vida. Sean cuales sean sus consecuencias, también es una emoción muy relacionada con las personas que han vivido cerca la muerte por suicidio de una persona querida.

Muchas veces la irracionalidad viene dado por nuestra propia manera de ser. Según Ciara Molina, esto ocurre en personas con tendencia a vivir en tensión, con angustia y sentimientos de desvaloración hacia sí mismo, perfeccionistas, con miedo al rechazo o a equivocarse y con excesiva necesidad de aprobación de los demás.

Para manejar la culpa del superviviente es aconsejable fomentar la comunicación con personas representativas o contando lo ocurrido para compartirlo con otros, recordar continuamente que los hechos traumáticos no son responsabilidad nuestra, regresar a la rutina personal cotidiana lo antes posible y ponerse en disposición de ayudar a otros a través de nuestra experiencia.


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El negro no siempre es mal color

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En el imaginario colectivo el negro ha sido siempre un color que se relaciona con aspectos negativos, quizás por ser el negro el color de la oscuridad y provocar miedo por las amenazas que suponía para nuestra superviviencia. Sin embargo, el negro no siempre es un mal color. Seguro que si lo piensas encuentras muchos objetos que teniendo ese color te inspiran cosas positivas. 

En este ejemplo está claro que no es el color negro el que nos inspira miedo en sí -no tiene esa capacidad- sino que es nuestra interpretación la que nos atemoriza. Lo mismo ocurre con muchos sucesos de nuestra vida. El mismo hecho ocurrido a diferentes personas o en diferentes momentos de la vida inspira emociones diferentes y reacciones dispares.

Es el caso de los pensamientos depresivos que nos sumen en una especia de túnel que filtra todo lo que nos ocurre. Nos hacen ven el «color negro» como algo negativo aunque no sea necesariamente así y da tonalidades negras a otros colores diferentes. Los problemas muchas veces son oportunidades que te presenta la vida y si eres capaz de sacar la mejor versión de ti mismo para solucionarlos ellos te ayudarán a ser mejor persona. En estas ocasiones nuestro cerebro consigue enfocar nuestra atención sólo en lo negativo que nos ocurre. Su consecuencia más grave son las conductas suicidas.

Aunque el suicidio es multicausal y complejo parece que existe evidencia de que detrás de este tipo de conductas existe siempre un sentimiento de desesperanza que llega a hacernos pensar no sólo que nuestra vida es un caos, sino que además no seremos capaz de salir de la situación y estamos en consecuencia condenados de por vida. Es sólo una perspectiva poco objetiva de lo que ocurre. Eres capaz de conseguirlo.

El suicidio es una solución eterna a un problema que se vive en un momento concreto. Si decides hacerlo ya nunca habrá vuelta atrás. Jamás volverás a disfrutar aquello que amaste. El daño afectará a gente que quieres y que verán su vida truncada para siempre. Cuando uno de nosotros muere, nunca es un hecho individual. Somos seres sociales y cuando alguien fallece nos afecta a todos. 

 

¡Atrévete a ver otros colores y a interpretar de otra forma el color negro!

 

Para vivir es necesario aprender a apreciar todos los colores y entender la función que cada uno tiene en tu vida. Busca la mejor versión de ti mismo y afronta tus problemas. Si piensas que puedes estar pasando por un proceso depresivo consulta a un profesional cualificado que te acompañe. 


 

 

Daniel J. López Vega

Coordinador de www.papageno.es

Psicólogo General Sanitario. Máster en Intervención Psicológica en Contextos de Riesgo, autor de «¿Todo por la Patria?», socio fundador de la Sociedad Española de Suicidiología. Experto Universitario de Estadística Aplicada a las Ciencias de la Salud (UNED).

La generación de cristal: competitividad, baja tolerancia a la frustración y suicidio


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Durante años los padres y madres hemos pensado que el éxito en la vida, y en resumidas cuentas la felicidad de nuestros hijos e hijas, se relacionaba con las habilidades intelectuales clásicas y con los resultados académicos. Los hemos preparado para «competir» en una sociedad que nos pareció amenazante y pensando que lo importante era ser «el mejor».  Y ahí andamos dándonos codazos entre todos (acercándonos peligrosamente a nuestra extinción como especie) y dando la espalda a la mayor herramienta para afrontar los retos: la colaboración.

Igualmente hemos intentado simplificar su vida, sobreprotegiéndolos y evitando que se enfrenten a la mínima dificultad, lo que ha evitado que se responsabilicen en muchas ocasiones de las consecuencias de su conducta y los ha convertido en muchos casos en seres frágiles. 

 

Como decía Rudyard Kipling «Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia». 

 

Ahora tenemos a la generación más preparada académica  e intelectualmente de la historia, pero a su vez una «generación de cristal» azotada por la depresión y la ansiedad. Y es que quizás olvidamos que lo que nos diferencia de los animales no es sólo la razón, sino la riqueza emocional que nos aporta las habilidades superiores de pensamiento. Por que los seres humanos somos puras emociones y porque parece que la manera en la que gestionamos nuestras emociones y nuestra inteligencia emocional es más importante de lo que pensábamos. 

Goleman definió esta inteligencia como “un concepto que incluye la habilidad para motivarse y persistir frente a las frustraciones, controlar impulsos y demorar gratificaciones, regular los estados de humor, evitar que las desgracias obstaculicen la habilidad de pensar, desarrollar empatía, esperanza, etc.”

Quitándole los obstáculos de la vida a las generaciones más jóvenes, le robamos la oportunidad de adquirir la tolerancia a la frustración, una habilidad esencial para afrontar con éxito las «bofetadas» que da la vida. Aprender a tolerar la frustración nos enseña a enfrentarnos adecuadamente a las situaciones adversas de la vida. Nos frustramos cuando no conseguimos satisfacer algo que deseamos y eso nos enfrenta a emociones que vivimos de forma negativa. Aprender a tolerarlas significa una mayor capacidad de afrontar los problemas y limitaciones, a pesar de las molestias que nos causan. 

La baja tolerancia a la frustración se relaciona con enormes consecuencias a la salud psíquica de las personas. En su extremo más dramático puede estar detrás de la conducta suicida de los más jóvenes. El suicidio es en muchos casos la decisión que alguien toma cuando siente que los problemas desbordan a su capacidades. No podemos seguir criando «niños y niñas de cristal», sino que debemos educarlos de forma libre y responsable.

Por todo ello, hagamos un regalo a nuestros menores, adolescentes y jóvenes. Acompañémoslos en los problemas, permitiendo que se equivoquen, que asuman las consecuencias de su actos y que usen sus propios recursos para encontrar la mejor versión de ellos mismos. Porque parafraseando a Nelson Mandela, lo importante no es «no caer» sino levantarse después de cada caída.

 


 
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Detección de la conducta suicida: factores de riesgo

Para profesionales

Nuevas aproximaciones a la prevención del suicidio: Manual para médicos

La importancia de la detección de las conductas suicidas puede salvar vidas. Algunas personas visitan previamente los centros de atención primaria antes de suicidarse. Sin embargo, otras no tienen un contacto previo con los servicios de salud mental.

Esto hace necesario que profesionales de otros ámbitos aprendan a reconocer los factores de riesgo del suicidio para valorar la gravedad, poder tomar decisiones y ponerse en disposición de ayuda.

El riesgo señala la probabilidad de que un hecho particular ocurra y tienen naturaleza dinámica según la persona y el momento que esté viviendo. Generalmente el riesgo se valora como «alto» o «bajo» que suponen los dos polos de la dimensión a evaluar. Una vez avaluado el profesional podrá tomar las decisiones pertinentes para afrontar la situación de forma conveniente.

En la siguiente tabla podemos observar cuáles son algunos de los factores de riesgo asociados a la conducta suicida.


Factores de riesgo para el suicidio

  • Soledad (aislamiento social)
  • Ser hombre
  • Abuso de alcohol o drogas
  • Otros trastornos mentales, particularmente la depresión
  • Episodios autolesivos anteriores, sobre todo si son ocultados
  • Historia de tratamiento psiquiátrico
  • Historia familiar de trastornos psiquiátricos
  • Desesperanza
  • Gravedad del intento suicida:
    • Elección de métodos letales
    • Acceso a métodos
    • Planificación suicida
  • Bajo nivel social
  • Desempleo
  • Trastornos de personalidad (más grave si existe comorbilidad con otros trastornos psiquiátricos)
  • Problemas físicos especialmente en varones de la tercera edad (trastornos cardiovasculares y úlcera péptica)
  • Eventos vitales:
    • Duelo o pérdida (últimos dos años)
    • Problemas económicos
    • Problemas legales
    • Abusos sexuales, físicos o psicológicos
    • Problemas de relación
    • Pérdidas de padre o madre durante la infancia por separación o muerte
    • Exposición a conductas suicidas
 

FUENTE

APA (American Psychological Assoc.) Duffy, D., & Ryan, T. (2004). New Approaches to Preventing Suicide : A Manual for Practitioners. London: Jessica Kingsley Publishers.

 

La accesibilidad a armas de fuego en el hogar triplica la posibilidad de morir por suicidio

A pesar de lo que se piensa generalmente la posesión de armas de fuego en el hogar no siempre aumenta el nivel de seguridad, sino que se relaciona con una mayor probabilidad de aparición de homicidios y suicidios, siendo paradójicamente superiores estos últimos.

El riesgo es especialmente alarmante entre los más jóvenes. En EEUU, donde la posesión y el uso de armas de fuego está más difundido que en otros países desarrollados, se suicida un promedio de tres jóvenes de 10 a 19 años con armas de fuego a diario, siendo los estados con mayor número de armas en el hogar los que tienen tasas más altas.

Este riesgo es también superior entre los cuerpos policiales. El 87% de los policías nacionales que fallecieron por suicidio entre 2013-2017 utilizaron un arma de fuego y el 90% de los guardias civiles aproximadamente.

Una de las medias preventivas que aconseja la OMS para evitar la conducta suicida es disminuir la accesibilidad a armas de fuego. Por ello si por una u otra razón tienes armas en el hogar, recuerda lo siguiente:

«La principal medida preventiva para el suicidio en el caso de posesión de armas de fuego en los hogares es su almacenamiento seguro, especialmente ante la presencia de niños y adolescentes. Se recomienda almacenarlas descargadas y con seguro, con la munición bajo llave y en un lugar aparte.»

Más información
  1. Suicidio por armas de fuego en EEUU (Facsheet en español)
  2. Anglemyer, A., Horvath, T., & Rutherford, G. (2014). The accessibility of firearms and risk for suicide and homicide victimization among household members: a systematic review and meta-analysis. Annals of internal medicine160(2), 101-110.
  3. Knopov, A., Sherman, R. J., Raifman, J. R., Larson, E., & Siegel, M. B. (2019). Household Gun Ownership and Youth Suicide Rates at the State Level, 2005–2015. American journal of preventive medicine. (en inglés)
  4. Interior ultima un protocolo preventivo ante la elevada tasa de suicidios de policías (El País)
  5. Prevención del Prevención del suicidio suicidio un imperativo global un imperativo global (OMS, 2014)
  6.  besmartforkids.org (En inglés)

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